Geocentrismo eidético
Por Gerry Vassilatos. CELESTA MOBILIS. La ciencia cuantitativa de la inercia ha construido una gran teoría que supuestamente explica todos los movimientos celestes observados…
Por Gerry Vassilatos
CELESTA MOBILIS
La ciencia cuantitativa de la inercia ha construido para sí una gran teoría que supuestamente explica todos los movimientos celestes observados. La astronomía moderna se da por satisfecha al explicar ciertos movimientos celestes observados como perspectivas ópticas derivadas de la rotación y la traslación de la Tierra.
La ciencia cuantitativa de la inercia explica las trayectorias excéntricas de los planetas en el cielo como perspectivas complejas que resultan de combinar movimientos planetarios y terrestres. La teoría inercial construye sistemas de referencia y movimientos en perspectiva para definir el «comportamiento», o la «naturaleza», de los cuerpos celestes.
La ciencia cuantitativa de la inercia pone en movimiento todos los cielos y la Tierra para explicar los movimientos y las simetrías celestes observados. Hace temblar los cielos para «explicar» lo que definen la vista y los sentidos. Lo que la ciencia inercial nunca ha explicado satisfactoriamente tiene que ver con la experiencia inmediata. La pregunta que planteamos aquí la expresan mejor los niños cuando dicen con incredulidad:
«Si la Tierra SE ESTÁ MOVIENDO… ¿por qué NO LO SIENTO?»
Debemos comprender que, SI la Tierra se mueve, los puntos físicos situados sobre su supuesta superficie curva están siendo necesariamente DESPLAZADOS con una rapidez aún mayor, según una desviación espacial específica. Si esa desviación es lo bastante grande, debe sentirse como una sensación de caída, a pesar de la gravedad.
TERRA MOBILIS
Si aceptamos todas las pruebas cuantitativas acumuladas por la geodesia a lo largo de varios siglos, llegamos a una revelación sorprendente mediante unos pocos pasos matemáticos sencillos.
Tomamos el radio ecuatorial terrestre, de 3963,221 millas, y calculamos una circunferencia ecuatorial de 24911,22191 millas. Se considera un tiempo de rotación terrestre de 23,9344694 horas por giro. Por tanto, calculamos que la velocidad de rotación de la Tierra equivale a un desplazamiento de 0,28913735 millas por segundo en cualquier punto de la superficie ecuatorial.
DESPLAZAMIENTO es el término esencial que examinaremos aquí. No comprender su significado es pasar por alto la revelación central de estas investigaciones.
Nuestro objetivo matemático es determinar el desplazamiento físico real que experimenta un organismo capaz de sentir sobre la superficie ecuatorial. Queremos aclarar cuáles son los desplazamientos máximos posibles en el supuesto globo.
Si esos desplazamientos son considerables, deben percibirse subjetiva y continuamente durante el día. Al fin y al cabo, si «viajamos» sobre la superficie de una inmensa esfera por el espacio, debemos sentir el «desplazamiento» o la «caída» mientras reajustamos continuamente nuestra posición espacial de un segundo al siguiente. Los cálculos trigonométricos nos dan la «caída» real de cada segundo mientras supuestamente «nos precipitamos por el espacio sin sentirlo».
Primero debemos determinar la velocidad ecuatorial real que cualquiera de nosotros DEBERÍA sentir. Digo DEBERÍA sentir porque tratamos de un desplazamiento angular, no de una velocidad lineal. Nuestros sentidos subjetivos son extremadamente precisos al detectar, por razones de supervivencia, cualquier mínimo desplazamiento espacial. Aunque quizá no podamos percibir en absoluto velocidades lineales constantes, sí sentimos los desplazamientos angulares continuos, por pequeños que sean.
Si la Tierra gira, necesitamos conocer su velocidad real y reconocer que su dirección cambia continuamente con cada nuevo segundo. Los cambios leves de dirección producen una ligera náusea, a pesar de la gravedad. La gravitación nunca anula las sensaciones producidas por un desplazamiento angular, ni siquiera cuando ambos coinciden, como sucede en la superficie terrestre: un hecho que los académicos evitan abordar convenientemente.
La gravitación no neutraliza el desplazamiento espacial percibido sobre la superficie de una masa tan grande como la Tierra. La gravedad se dirige hacia el supuesto centro terrestre. Los desplazamientos angulares se dirigen a lo largo de cada tangente a la superficie curva de la Tierra: un empuje enorme. La velocidad real de rotación ecuatorial se determina en 0,28913735 millas por segundo. Si colgáramos un péndulo fijo en el espacio sobre un punto concreto, lo mediríamos alejándose de nosotros con un desplazamiento de algo más de ¼ de milla por segundo. No es una velocidad pequeña. Lo que queremos considerar no es la velocidad constante de rotación por el espacio, sino el DESPLAZAMIENTO experimentado a lo largo de cualquier tangente a la superficie. Este es el valor que activa los nervios y nos protege de «caer» por motivos de supervivencia.
La importancia de este valor calculado no puede subestimarse, como se ha hecho históricamente. Si la Tierra gira, DEBERÍAMOS sentir el desplazamiento cada segundo. Si estamos girando, deberíamos PERCIBIR la velocidad debido a la «caída» por desplazamiento a través del espacio desde cualquier punto. Al fin y al cabo, si miras hacia un punto concreto del espacio y te mueves con semejante rapidez, deberías experimentar la más mínima desviación física RESPECTO A esa dirección. Este desplazamiento produce una sensación de «caída de cabeza» a través de un determinado espacio calculado.
La Tierra gira 360 grados cada día. La Tierra gira 0,0041666 grados cada segundo. Examinamos una sección ecuatorial de la Tierra y construimos un triángulo rectángulo. Sabemos que la hipotenusa de este triángulo es el radio terrestre. Sabemos que el ángulo desde el centro de la Tierra es ½ de la rotación angular por segundo, es decir, 0,002083333 grados por medio segundo. El seno de ese diminuto ángulo se determina con precisión en 0,000036177 y es el término más crucial de nuestra exposición. La exactitud de esta constante determina la precisión de todos los cálculos posteriores.
Al aplicar la fórmula del seno a este enorme triángulo rectángulo, se obtiene un valor de 0,143377446 millas para el segmento de cuerda A. El cálculo revela que la curvatura superficial es de 0,144556867 millas. ¿Cuánto se curva esa superficie? Se supone que existe una «caída» de 2 pies por cada milla de tangente a la superficie terrestre. Por tanto, podemos despreciar la curvatura a lo largo de esta sección de superficie, puesto que asciende a 0,289113734 pies, menos de 3 pulgadas.
Después construimos un segundo triángulo rectángulo. Tomamos como hipotenusa la distancia recorrida sobre el terreno en un segundo. Medimos el desplazamiento como una «caída» desde esa superficie hasta la cuerda A. Utilizando la ecuación de Pitágoras, determinamos que la «caída» real desde la superficie curva hasta la cuerda A es de 1075,018618 pies: ¡un valor asombrosamente grande!
Si nos desplazamos desde nuestro centro fisiológico en cualquier espacio a una velocidad de 1075 pies por segundo, todos deberíamos SENTIR CONTINUAMENTE ese desplazamiento. Pero, en realidad, NO sentimos ningún movimiento semejante.
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